Martes, Febrero 07, 2012
6 de Abril
Hch.16:6.
 
La historia de la humanidad se encuentra llena de sucesos que parecen tener poca importancia, eventos pequeños -si se les quiere comparar con otros acontecimientos presentes, de mayor relevancia, de más colorido, y de los que se supone que tienen mayor trascendencia-, pero esto es sólo aparente, porque encierran dentro de sí una fuerza misteriosa, una voluntad formidable y una grandeza irrepetible que les hace trascender por encima de las medidas del tiempo que los comprende y van más allá de las dimensiones físicas de sus protagonistas, logrando afectar después de ellos a un número mayor de personas y a un espacio de tiempo inmensamente mayor al que tomó su realización. Uno de esos momentos es el que se desarrolló la madrugada del 6 de abril del año de 1926 precisamente en esta ciudad de Monterrey.
 
Quisiera citar previamente dos acontecimientos para intentar poner en una perspectiva adecuada aquel suceso del 6 de abril de 1926. Uno tiene que ver con la historia universal; y el otro, con la historia del cristianismo primitivo.

El primero de ellos se suscitó en Estrasburgo, por cierto, también en una madrugada un 26 de abril, pero de 1793 en una se modesta habitación en donde se encontraba un hombre sencillo llamado Rouget de L’Isle. En toda Francia se estaban desarrollando en apariencia hechos más importantes: el 20 de abril Luis XVI acaba de declarar la guerra a Austria y a Prusia, durante la tarde del 25 llegan los mensajes de correo a Estrasburgo. De modo que todo el mundo estaba ocupado en cosas más importantes como para concederle importancia a lo que estaba sucediendo esa madrugada en la casa mencionada. Sin embargo, el tiempo, que siempre pone las cosas en su justa medida, se encargó de poner los acontecimientos en su justa dimensión; Luis XVI fue derrocado, su mundo dejó de existir para siempre, Francia ya no era más una monarquía. No obstante, existe aún algo de esa Francia que la mayoría de las personas en el mundo hemos escuchado al menos una vez en nuestra vida: La Marsellesa, el himno nacional de Francia, el cual es una maravillosa composición musical que nació en la madrugada del 26 de abril de 1792 en aquella humilde habitación de Estrasburgo.

El segundo tuvo lugar en el puerto de Troas y del cual se narra en un libro intitulado las Actas de los Apóstoles, el cual fue escrito con toda la sencillez de un manuscrito y que nos cuenta de primera mano las noticias de aquellas personas que con su vida y fe lograron cambiar al mundo. Aquí se relata lo siguiente: “Atravesando Frigia y la provincia de Galacia, no pudieron hablar la palabra en Asia; y cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero tampoco fue posible. Entonces, pasando junto a Misia, descendieron a Troas.” Allí tuvo lugar uno de esos sucesos aparentemente no tan importantes a los que nos hemos estado refiriendo: un hombre demasiado cansado se recostó para intentar dormir, estaba muy agotado de tanto intentar, de hablar sin que nadie le quisiera escuchar, de llamar sin tener respuesta. Como no lo quisieron escuchar entre los de su pueblo, salió para Frigia y la provincia de Galacia con el único propósito de anunciar una nueva que a él le había cambiado la vida; pero por alguna razón, por más que lo intentaba, algo les impedía seguir predicando en Asia. Fatigado de tanto intentar, se recuesta para dormir y entonces tiene lugar un suceso extraordinario, una visión, en la cual un varón macedonio le llamó pidiéndole ayuda, al momento se levantó para ir a ayudarles “dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciáramos el evangelio.” Escribiría Lucas recordando tiempo después esta anécdota.

Aquel hombre era Pablo el Apóstol y la consecuencia de esa decisión fue la conversión de la primera creyente, Lidia, y la de su familia. Aparentemente muy poco si se considera el acontecimiento desde el punto de vista numérico; sin embargo, esa madrugada la decisión de un hombre, marcó el destino no sólo de la familia de Lidia, sino la suerte de todo un continente: Europa y de una civilización -la nuestra occidental. Fueron éstos los primeros creyentes cristianos de Europa y de occidente. Después de ellos, serán muchísimas las familias que se congregarán en la Iglesia que aquel hombre plantó en Europa; todo como resultado de un instante, en el tiempo y de una audaz decisión. Porque fue esa decisión la que marcó la diferencia. El Apóstol Pablo pudo haber pensado que se trataba de un sueño, (¿Por qué no? Y que quizás se trataba tan sólo de su ardiente deseo de esparcir la palabra del Señor) o tal vez de una alucinación. ¡No! Pablo el Apóstol creyó que aquella visión era una señal, un llamado de alguien para quien la tragedia del mundo no le es extraña. Él creyó y decidió, y como fruto de esa decisión el cristianismo llegó a occidente.

Algo muy similar sucedió la madrugada del 6 de abril de 1926 en esta ciudad de la Montañas, Monterrey, en Nuevo León, México. Uno de estos momentos trascendentales que logró marcar de manera significativa la historia. Aún era de noche cuando Eusebio Joaquín González escuchó una voz que cambiaría en lo futuro no sólo el rumbo de su vida, sino que señalaría años después un parte aguas en la vida religiosa de México y del mundo. Fueron solamente unas palabras: “Tu nombre será Aarón, lo haré notorio por todo el mundo y será bendición”. No había páginas con proyectos metódicamente preparados para golpear a la religión mayoritaria desde las alturas del Estado como algunos maliciosamente suelen insinuar. No. Aarón Joaquín no nació en una oficina gubernamental, quienes así lo han llegado a afirmar olvidan que el proyecto de Calles al que se refieren tiene nombre y apellido: se llamó y se llama aún Iglesia Católica Mexicana.

La realidad de Aarón Joaquín es muy distinta. Él estaba solo en esa madrugada de abril, y permaneció solo sin más compañía que la de su fiel esposa, durante muchos años más compartiendo todo tipo de privaciones. ¿Por qué? Porque Eusebio Joaquín escuchó algo en esa voz que sacudió su interior, vio algo que no había visto nunca y entendió que no estaba tan solo como le mostraban sus sentidos, sino que existía Alguien que guiaría su vida y la vida de todas las demás personas que le seguirían. No era únicamente un momento entre los millones de segundos que comprende el tiempo. No. Eusebio Joaquín creyó y asumió los costos de su creencia: se convirtió en Aarón Joaquín, y comenzó a difundir el evangelio de Jesucristo acompañado de su Biblia y de su fe.

Hoy es muy posible que tú, amable lector o lectora, no sepas mucho de este suceso, pero quizás has visto el templo sede de la Iglesia La Luz del Mundo o quizás has visto a nosotros o habrás oído hablar de nosotros. Hoy quiero decirte que nosotros estamos aquí porque ese 6 de abril Aarón Joaquín creyó que esto sería posible y hoy, 6 de abril, nosotros en 42 naciones del mundo recordamos esa fe y ese llamamiento, que ha logrado hacer de nosotros, en muchos casos, mejores hombres y mujeres, mejores ciudadanos como era su máxima, pues creía que el cristianismo no debía de contenerse en los templos, sino que debería de trascender los muros de éstos y llegar al universo de la realidad cotidiana de cada ser humano.

Es por eso que vivimos de esta manera, intentando que la realidad de Cristo y su mensaje adquieran forma y sentido en cada una de nuestras vidas. La verdad es que no es fácil, pero nosotros también creemos como nos enseñó a hacerlo Aarón Joaquín. Hoy que recordamos esa fe, nos sentimos inspirados para seguir adelante porque, finalmente, Dios siempre responde a los que esperan en Él.


Por Eliezer Gutiérrez Avelar

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